Capítulo 1

Mi Placer Culpable

               El futuro es ese presente que nunca llega. El futuro es la excusa perfecta para sabotear esa felicidad que te hará tener seis crisis existenciales y un sentimiento culposo, pero que será deliciosamente placentero. Y hoy, tú, eres mi placer culpable. Pero de eso, no hablaré ahora, o nunca, quizás.

               Me he obsesionado tanto con encontrar mi felicidad, que he llegado a la conclusión que está tan cerca como superar mis cien traumas y mil sueños frustrados. Pero aprendí a perderme, entre tus colmillos sublimes y lunares escondidos. Porque por ahora, son solo esas risas momentáneas y nuestras incomprensibles tonterías, lo único real que siento. Lo único real que tengo y que quiero que se quede solo mío. Ni tú eres tan loco, ni yo tan cuerda, como para responsabilizarnos por estos sentimientos de niños. Sentimientos que no son nada más que un tentador delito.

               En este mismo momento, estamos compartiendo el mismo espacio y respirando el mismo aire, pero solo porque estamos existiendo. Tú en tu mundo y yo en el mío. Estar en este comedor no se siente igual desde que empecé a leerte. Leí tus risas discretas y tus descontentos disimulados, porque de eso se trata ser adultos, de contenerse. Y se nota que tienes práctica. Los hombros erguidos, la voz áspera, el gesto rígido, eso es todo lo que permites sea visto. Así que es hora, de leer entre líneas y pretender no haber comprendido.

               Todo lo que nuestra mente desea es un problema, porque aunque no quiera ser caprichosa, nada que no quiero, me agobia. Y tú lo haces, quererte, me agobia. Por eso empezaré a dejar que mi realidad sea más real, sin discreciones ni letras pequeñas. Sin confusiones ni sentimientos ilícitos. Empezaré a hablar más, de lo que hago y no. Porque de lo que soy, no me alcanza ni para un párrafo.

               Ser la persona correcta no es lo mismo que ser la persona que te encantaría disfrutar. Y hoy soy la persona correcta, compartiendo en una mesa, alado del que era el amor de mi vida, frente al pecado de mi herida. Las parejas y la familia siempre serán el mayor proveedor de corazones rotos e inevitables insomnios. Todo lo que conlleva un sentimiento de amor, duele. Al menos eso es lo que me han enseñado y lo que he interiorizado. Así que sí, mis deseos de ti, me agobian; y los sentimientos que no son pero que quiero que sean, duelen. Pero por ahora, no sé qué hacer, solo me alejaré de todo esto que siento y de todo lo que quiero. No me complicaré y seguiré el camino más doloroso, el seguro.

               He ahí en donde nacen mis únicas certezas. Lo único que realmente sé, son los cambios que me gustaría hacerle a mi pasado. En cuanto a mi futuro, no sé nada porque no existe. Pero… ¿de mi presente? De ese sí que tengo miedo. Soy todo lo que no te gusta, un drama andante. Que mi discurso de feminismo no te suene a un sueño sobre un futuro bonito, sino que te debe sonar a todas esas lágrimas silenciosas que me tocó disimular. Pero, ¿cómo te lo explico? O ¿para qué te lo quiero explicar? Supongo que no quiero ser tu “paso en falso” a lo largo de tu camino.

               Aparte de que no tengo una vida tan atractiva y al querer dejarte conocerme, corro el riesgo de aburrirte y perderte. La muchacha torpe y ruidosa es mucho más interesante que una resentida social. Pero créeme, mis historias y dramas tercermundistas me persiguen y me hacen. Siempre escucharás sobre mis incoherencias y malos hábitos, sobre mi mal genio y controversiales reacciones. Pero todo eso que ves y que soy, es lo que yo no era pero que me hicieron ser. Y ahora es todo lo que me avergüenza y me atormenta. Ser la que llora todas las noches no es bonito y ser la que se queja de todo lo que sucede, no es atractivo. Pero esa soy.

               Cada vez que te traigo una historia, aparte de disfrutar de tu excitante sonrisa, te entrego una parte de mí, de lo que soy y no quiero ser. Porque es mi más pura forma de entregarme a ti. Con cada historia mía, siento que te permito acariciar mi piel. Con cada risa que compartimos, puedo sentir el calor de tus manos. Con cada mirada que cruzamos, siento que nos desvestimos, nos vestimos y nos seguimos desnudando. No hay nada más rico que desnudarse sin quitarse la ropa.

               Lo único malo y desconcertante es que este sentimiento es solo mío, tanto, que no existe. Pero se siente real. Nuestras historias son historias no contadas, no vividas; pero que cobran vida a la simple mirada. No hay nada más bonito que cruzarme con tus ojos. Como ahora, que me estás mirando.

 -  ¿Me pasas la soda?

               Oh no, me pidió algo. Al menos no se dio cuenta de lo que estaba pensando. ¿O sí?

 -  Gabriela, disculpa, la soda.

 -  ¿Eh?… Oh, sí, la soda. Aquí tienes.

 -  Gracias

               Me está sonriendo. ¡Me está sonriendo!

               ¿Por qué me sonríe? ¿Por qué lo hace? Si supiera la espantosa calidez que siento cuando lo hace y lo despabilante que se siente cuando deja de hacerlo. Es como un mini sueño de dos segundos, del que tengo que despertar. Y eso me desorienta, me estresa. Nunca me ha gustado que mis relaciones románticas se relacionen ni con mis estudios, ni con mi trabajo, ni con mi familia. Y aquí estoy, desperdiciando mis 30 minutos de almuerzo de mi trabajo, sonriendo como una loca; y tú ignorándome, como solo tú sabes hacerlo.

               Es hora de regresar a trabajar. Trabajamos en la misma empresa, pero en dos mundos diferentes. Tú con tus números y yo con mis letras. Bueno, tampoco me puedo engañar. En toda empresa hay dos tipos de personas, los que ya alcanzaron el éxito, y los que sigen luchando en el intento. Y para que todo siga pareciendo una novela, obviamente tú perteneces al grupo primero, cuando yo no termino ni de entrar al segundo. Sigo en mi periodo de práctica, seré la muchacha de la recepción, si me aceptan. Así que tienes todo el derecho de ignorarme, hasta yo debería estar haciéndolo.

 - Hasta luego. Que usted tenga un buen día.

 - Muchas gracias. Que te vaya bien.

               Y esa soy yo, Gabriela la obvia. Lo siento pero me rehúso  rotundamente a decirle "usted". Y no, no es porque quiera pasarme de coqueta, pero por cada usted que me dice, me caen quince años encima. En definitiva, el "usted" es una barrera comunicacional. Ni si quiera puedo preguntar por qué me alejas de ti, porque es lo que deberíamos hacer.