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Que sus sentimientos sigan siendo suyos...

Los problemas personales siempre serán personales.

Pero… ¿y la forma de afrontarlos?

También.

Los dolores son pequeños hasta que los vivimos.

Las batallas son insignificantes hasta que las luchamos.

Los problemas son insulsos hasta que son nuestros.


Lo interesante de los sentimientos es que son tan personales que mi felicidad de hoy, no se sentirá igual que mi felicidad de mañana. Solo que eso, aún, no lo hemos entendido. Y es que suelo intentar despojarme de los sentimientos que me acompañan porque siento que a veces me desbaratan. Pero si no siento, ¿para qué respiro?


Y si mis felicidades, tristezas y enojos no se parecen entre ellos mismos, ¿por qué las personas pretenden juzgarlos, entenderlos y compararlos?

Siempre he pensado que los sentimientos son el precio que pagamos por estar vivos. Y nuestro cuerpo es el instrumento que utilizamos para demostrarlos.


Así que… ¡Sí!

Las lágrimas silenciosas, el ceño fruncido y las carcajadas escandalosas son parte de nuestros sentimientos. Pero la falta de sueño, el apetito insaciable, la caída del cabello, el temblor del párpado, las ganas de vomitar, las uñas mordidas, la falta de concentración… también.


La angustia también es un sentimiento… un sentimiento que no queremos, que no aceptamos y que a veces hasta lo satanizamos… Pero, mientras más lo ocultamos, menos podemos controlarlo. Cuando alguien se angustia, reconocerlo no es fácil y decirlo es mucho peor. Pero es nuestra angustia, y solo nosotros debemos decidir cómo sentirla, cómo expresarla y cómo afrontarla.


Y si te mordiste las uñas, ¿QUÉ?

Y si comiste demás, ¿QUÉ?

Y si se te cayó el cabello, ¿QUÉ?


No digo que está bien, pero tampoco es el problema principal. Recordemos que la salud física también puede ser dependiente de la salud mental. Evitemos pedir “no expresarlo”, mejor preguntémonos qué podría ayudarlos. Porque detrás de esa uña mutilada, hay un sueldo atrasado. Detrás de esos 5 chocolates demás, está una deuda impagable. Detrás de ese cabello en la almohada, hay 3 rentas atrasadas.


Así que no digas: “mira cómo te mordiste las uñas”. Porque sí, me las mordí, tengo memoria y no necesito que me lo recuerdes.

Tampoco me reproches: “se ve feo, deja de hacerlo”. Porque lo sé, lo estoy intentando y no sabes el esfuerzo que estoy haciendo.

Y mucho menos me recrimines: “Claro que puedes, todo depende de ti.”


¿De mí?

¿Y el empleo que perdí?

¿Y el dinero que no me pagaron?

¿El carro que me chocaron?

¿La luz que me cortaron?

¿Y el problema familiar?

¿La pelea con mi papá?

¿Mi jefe que solo sabe gritar?

¿El trabajo que no alcancé a terminar?

¿Las medicinas que no pude comprar?

¿Las personas a las que debo alimentar?

Entonces, ¿Todo depende mí?


Nadie niega que no debemos dejar de intentar, pero tampoco nos carguemos de culpas que no son culpas.

Recuerda que esa angustia que sientes es real; reconócela, vívela y afróntala. Porque a la angustia podemos manejarla como esa preocupación que nos motiva a encontrar un camino hacia nuestro objetivo. No permitas que esa angustia que te pesa, se convierta en una ansiedad que te trastoque. No la ignores, enfréntala. No la ocultes, enfréntala. No le huyas, enfréntala. Porque para evitar indeseables efectos, debemos combatir a la principal causante, la angustia. Reconócela y ponle nombre. Recordemos que en ocasiones, lo que nuestra mente calla, nuestro cuerpo lo grita.


Y esa frase...

¡TODO DEPENDE DE TI!


Sí, esa frase tan independizante, tan autónoma y tan liberante, puede ser la condena más bochornosa que una persona puede sentir. Así que no la repitas si no sabes si realmente va a ayudar, o si solamente va a herir.


Que su angustia sea suya y que nuestros consejos no sean su tormento.





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